"Nuestro primer acercamiento a la fantasía latinoamericana" por Fernando Aravena

Publicado por Tríada Ediciones en

Antes que todo debemos preguntarnos, ¿qué es la fantasía? La fantasía, en cierto nivel, por supuesto, es un juego: pura pretensión sin ningún motivo ulterior. Es un niño que le dice a otro: "Vamos a ser dragones", y luego lo son durante una o dos horas. Es el escapismo más admirable, el juego por el juego.

Por otro lado, sigue siendo un juego, pero uno que se juega por una apuesta muy alta. Visto así, como arte, no como juego espontáneo, su afinidad no es con la ensoñación, sino con el sueño. Es una aproximación diferente a la realidad, una técnica alternativa para aprehender y afrontar la existencia. No es antirracional, sino pararracional; no es realista, sino surrealista, superrealista, una elevación de la realidad. En palabras de Freud, emplea el pensamiento de proceso primario, no el secundario. Emplea arquetipos que, según nos advierte Jung, son peligrosos. Los dragones son más peligrosos, y mucho más comunes, que los osos. La fantasía está más cerca de la poesía, del misticismo y de la locura que la ficción naturalista. Es un verdadero desierto, y los que van allí no deben sentirse demasiado seguros. Y sus guías, los escritores de fantasía, deberían tomarse en serio sus responsabilidades".

La definición que nos entrega Ursula K Le Guin acerca de la fantasía es certera, por eso no cualquier obra debe enmarcarse en este género, que además tiene su origen en Europa, con antiquísima tradición oral de la que es difícil escapar, más aún cuando existieron dos escritores de habla inglesa que considero unos gigantes: J.R.R. Tolkien, y la misma Ursula K. Le Guin, de los cuales es casi imposible decir que no han influenciado al resto de los escritores del género, aunque algunos no lo reconozcan.

¿Pero es posible hablar desde una perspectiva latinoamericana sobre la literatura de fantasía?

Tomando en cuenta que la fantasía es una expresión literaria fundamentalmente europea, y que el legado del realismo mágico es demasiado fuerte en nuestra literatura, creo firmemente que sí, y no hablo sólo de escribir en este lenguaje introducido por el colonizador y del que nos hemos apropiado que es el castellano, sino de escribir desde nuestras raíces más profundas, y de cómo logramos emparentar nuestra propia mitología con la del cuento de hadas europeo, usando fórmulas narrativas europeas, e incluso sin tener fuentes originales ya que una gran parte de ellas fueron saqueadas o perdidas, aún así tenemos materia prima de sobra. 

Por ejemplo y sin duda alguna, nuestra primera referente es la argentina Liliana Bodoc con su enorme obra La saga de Los Confines (Los días del venado, Los días de la sombra y Los días del fuego) una saga en donde la autora no repitió los mitos traídos desde la vieja Europa, si no que construyó una épica propia para así crear sus mitos. Logró con eso convertirse en la autora referente del género en nuestro continente y que, según algunos, reinventó la fantasía. Su obra llamó tanto la atención que la misma Úrsula K. Le Guin dijo: “Vuelvo a casa de dos viajes. Pero el suyo me llevó más lejos”.

¿Qué hace tan importante la obra de Bodoc dentro la fantasía latinoamericana? La respuesta es fácil y ya casi contestada: ella crea una nueva épica basada en las leyendas de nuestra América, una obra que no puede ser concebida sino desde una mirada americana, en el más amplio sentido de la palabra, que abarca la concepción de que la conquista de América no fue un encuentro de dos mundos, si no una invasión, un proceso de destrucción cultural de los pueblos originarios.

Lectura que llevó su obra a otras fronteras fuera de la fantasía, llegando a lectores que lamentablemente politizaron su relato con un supuesto latinoamericanismo, sea lo que sea que eso signifique, y que dio pie a que muchos otros escribieran obras de escaso valor estético y que sólo usan este rótulo como un gancho comercial.

La saga de los Confines tiene como protagonistas a niños y mujeres capaces de torcer el rumbo de la historia, e impregnar de una nostalgia sobre lo perdido que es difícil de encontrar.

Liliana Bodoc era de un estilo propio al escribir, deslumbrante, con una capacidad descriptiva que en algunos pasajes se sentía casi cinematográfica, nunca renegó de que Tolkien la influenció, pero también su obra se aleja del modelo eurocéntrico y patriarcal de este último, para crear un universo totalmente distinto, y para eso se sumergió en las culturas maya, azteca y mapuche, logrando una obra monumental.

Pero hay otros autores que nos hablan en nuestro lenguaje y hacen del paisaje algo reconocible: no hay que ir a Westeros para encontrar una Muralla de Hielo, tenemos la Cordillera de los Andes, y vigilantes enormes de un poder grandioso como los Pillanes. Existen otros que proponen una aproximación más fresca aún en el uso de lenguaje, como por ejemplo Joseph Michael Brennan, autor de la saga Las memorias del Juramento (Las cenizas del Juramento, El príncipe de los Cuatro Vientos y La sangre de los dioses), quien hace gala de un lenguaje prolijo y detalla, sin hacer mayores referencias a sus raíces latinoamericanas, una obra de fantasía donde el paisaje es claramente del sur de América, e inclusive hace guiños al modernismo de la ciudad de Brasilia con la Ciudad de los Sabios, y en ese contexto toma partes del imaginario latinoamericano para crear sus bárbaros. 

La obra tiene la cualidad de ser muy universal y desde esa misma óptica plantea un punto de vista donde las visiones del mundo se enfrentan, y como lo dijimos anteriormente, hace gala de un extenso uso del lenguaje para describir personajes, ciudades, razas, confiriendo un trasfondo sociopolítico, haciendo un llamado sutil desde su escritura, la que posee el estilo latinoamericano, dotándola de la sensibilidad propia de su tierra, y desde donde es capaz de mirar al otro lado del charco sin problemas, contestando la pregunta de si desde América se puede escribir fantasía, sin caer en estereotipos, usando un lenguaje que no es propio, pero que haciéndolo nuestro y lo enriquecemos, y tal como lo hicimos con el español podemos decirle a Europa que tenemos el derecho a estudiar su fantasía y mejorarla.

Ambas obras que expongo como ejemplo tienen además todas las características de lo que debe ser una narración del género, ambas transmiten ese aire renovador y sanador que debe tener cualquier historia que se escriba en fantasía, son evocativas, provocativas y enfrentan la dura realidad de nuestros orígenes, y de maneras diferentes lo reivindican, logrando una clara identificación con nuestras raíces a través de textos de buena calidad.


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