"Marcas de origen en la Ciencia Ficción chilena" por Juan Espinoza Ale

Publicado por Tríada Ediciones en

  1. La hoguera de las cancelaciones

Ya se ha hecho una costumbre medir las obras de épocas anteriores con el canon ético y estético actual. Si bien todos somos libres de hacerlo, lo que realmente importa es qué sacamos en limpio luego de dicho contraste. Siempre será una tentación convertirnos en los inquisidores lanzando al fuego una obra apenas detectamos algo que nos genera disonancia, pero la mayoría de las veces esto constituye un error.

Por ejemplo, si en una novela escrita durante siglo XIX, en Europa, aparecen señales claras de clasismo o estereotipos ofensivos, ya sea en el mundo representado, expuestos por algún personaje o incluso en la voz del narrador, lo primero sería constatar si dicho elemento aparece como crítica o si está naturalizado por completo, o sea, una obra no es un estandarte del clasismo o el racismo por tener uno o varios personajes que manifiesten dichas posturas.

Luego de una lectura reflexionada, una obra con elementos que nos generan desagrado puede pasar a nuestra papelera de reciclaje o bien podemos archivarla y seguir valorándola (asumiendo que efectivamente tenga algún valor), con una especie de disclaimer mental, que nos diga, a lo Disney: “Este libro incluye representaciones negativas y/o un mal tratamiento de personas o culturas…”. Y esto no significa que estemos avalando conductas discriminatorias, ni que pretendamos justificarlas.

Creo que es mucho más provechoso darle vueltas a un texto, precisamente en esas zonas desagradables, en lugar de avivar la hoguera de las cancelaciones, donde las personas incineramos todo lo que nos resulte molesto u ofensivo, menos aquellas cosas que consideramos emocionalmente sagradas, por ofensivas que puedan ser. En fin, la hipocresía.

Asimismo, esconder obras que, junto con sus posibles méritos, contengan elementos indeseados, nos puede llevar a una visión distorsionada o acomodaticia del pasado, creando una falsa edad de oro, idealizando aquello que precisamente deberíamos juzgar con toda la evidencia sobre la mesa.

A propósito de todo esto quisiera compartir una lectura sobre la primera novela chilena de ciencia ficción, identificando aspectos que reflejan su contexto cultural y establecer un paralelo con creaciones más recientes, para así evaluar si hemos avanzado realmente o si, por el contrario, dichos elementos son en realidad marcas de origen que permanecen aún en el cuerpo de nuestra ciencia ficción nacional.


  1. El destino desde Júpiter

Desde Júpiter, de Francisco Miralles, fue publicada en 1877 y puedes descargarla AQUÍ. Su reducido impacto inicial es explicable, en parte, porque no encajaba en los moldes temáticos y formales de su época, ya que la narrativa chilena de la segunda mitad del siglo XIX se caracterizó, entre otras cosas, por una mirada sociológica, propia del realismo, enfocada sobre las dinámicas de clase que emergían en las grandes ciudades y las relaciones de casta que regían el mundo rural, por ello el costumbrismo se convirtió en la corriente hegemónica. Los bolaños de la época, digamos.

Pero volviendo a la novela, podemos resumir el argumento de la siguiente manera: El narrador, sin nombre en la primera edición, se nos presenta como un racionalista, reticente a la superstición y a los supuestos efectos del magnetismo, nombre que en ese entonces se le daba a lo que hoy conocemos como hipnosis. A pesar de lo anterior, se somete a una sesión en manos de un amigo. Así, luego de languidecer, despierta en Júpiter.

Cómo pasó esto, es una pregunta que jamás obtendrá respuesta.

El narrador recorre el planeta describiendo la civilización que lo habita y las maravillas que ha conseguido desarrollar. El antropocentrismo queda bastante claro con los nombres de los jovianos y sus ciudades (todos provenientes de la tradición bíblica), incluso el planeta Tierra es objeto de estudio por parte de los científicos más destacados.

El protagonista es guiado por Eva, una hermosa mujer de quien se “enamora” al instante, y por Abel, hacia quien siente aversión y celos casi inmediatos. Ambos intentarán explicarle la ciencia aplicada en Júpiter, la manera en que estudian la evolución cultural de los diferentes planetas del sistema solar, basados en parámetros como el trato con los animales, la cantidad de lenguas o el uso medicinal del tabaco. El narrador parece más atraído por el cuerpo de Eva que por todo lo extraordinario que ella expone, hasta que aparece Ella, personaje aún más bello que Eva, de quien obviamente el narrador también se “enamora”. Ella le explica al narrador las limitaciones del concepto terrenal del amor, y la relación entre los celos, el egoísmo y el estancamiento evolutivo. Nuestro poco heroico protagonista no cambia demasiado su postura, y cuando Ella le dice que deben despedirse pues él tiene que regresar a la Tierra, le muestra que en realidad era Abel…


EMOSIDO ENGAÑADO


El narrador despierta en nuestro planeta a la espera de volver a reunirse con Eva e intentando evitar el recuerdo vergonzoso de Ella/Abel.


  1. Ciencia ficción a la chilena.

Como señala Luis C. Cano en Los espíritus de la ciencia ficción: Espiritismo, periodismo y cultura popular, los factores de mercado editorial influyeron, de forma diversa, en las primeras novelas de ciencia ficción en Sudamérica, no sólo en cuanto a su recepción, sino también en su temática, estructura y estilo de lenguaje. Al estar relacionada con el folletín (el NETFLIX de la época) y la publicación en periódicos, debieron asumir los criterios de dichas publicaciones, es decir, aspiraban a la masividad más que a cumplir las directrices estéticas de la narrativa dominante.

Al igual que Viaje maravilloso del señor Nic-Nac (1875-76), Desde Júpiter, según el mismo autor señala en la primera edición, es un folletín que no prosperó, lo que dejó huellas en la edición impresa como libro, por ejemplo, en su lenguaje simplificado al máximo y en el intento por satisfacer los formatos más populares al incluir la motivación amorosa del narrador, en medio de un relato extraordinario, extranatural o paranormal; también vemos esa huella en la recapitulación al inicio de cada episodio, para actualizar a los lectores que no seguían la trama desde su inicio.

Así, Desde Júpiter cumple con esa premisa tan propia de la ciencia ficción, que pretende poner hincapié en la riqueza de las ideas por sobre la innovación o preciosismo de las formas. Pero también están presentes en esta novela otros aspectos propios del género, aunque todavía no fuera definido por Gernsback ni teorizado por Suvin, entre otros: la pseudociencia (hipnosis, magnetismo o formas de recodificar la “transmigración del alma”) como elemento que desencadena el conflicto, como en algunos relatos de Poe; el retrato de sociedades con grados de evolución superior, aunque sin detalles sobre el funcionamiento de determinados aparatos tecnológicos al estilo de Verne, sí presenta una descripción verosímil para el lector promedio, sobre todo en lo relacionado con los métodos de observación interplanetaria; por último, un fuerte componente de crítica social, a la manera de Wells, pero con un doble discurso, cosa no tan habitual, pues en varias ocasiones algún sabio joviano realiza ácidas críticas al proceso de desarrollo de los habitantes de la Tierra, a sus costumbres y concepciones espirituales existentes en ese momento, particularmente en Sudamérica, sin embargo, a continuación el narrador critica la visión joviana, mostrando su escepticismo frente a esa gran sabiduría. Esto, probablemente fue con la intención de demostrar la ignorancia del terrestre, no obstante, también funciona como una crítica hacia la concepción de progreso que tienen los científicos/sabios de Júpiter, quienes a su vez asumen el punto de vista del evolucionismo social, es decir, el progreso en una sola dirección posible, una teleología señalada, claro, por la supremacía del colonizador.

Por ejemplo, luego de que un sabio explicara, ni más ni menos, la noción de orden divino del universo, el narrador señala:

“Este razonamiento, que pareció concluyente a la concurrencia, a mí me pareció nada más que un juego de palabras dispuesto para producir una frase de aspecto sabio y nada más”.

Sesgo de confirmación en toda regla, como un seguidor de Jordan Peterson despreciando cualquier crítica a los dogmas que le permiten mantener su habitación pulcra y ordenada.


  1. Marcas de origen

Ahora bien, propongo que ciertas características de Desde Júpiter están presentes de diversas maneras en el resto de la ciencia ficción chilena que empezaría a desarrollarse de forma constante ya en el siglo XX. La escasa difusión de la novela de Miralles impide establecer una relación causal con características de obras posteriores, por lo tanto, podríamos suponer que dichas marcas obedecen a factores culturales más que casualidad o postulados estilísticos que escritoras y escritores decidieran seguir.


4.1 Acción y moral con rayos láser.


Lo primero sería una tendencia hacia lo que se denomina ciencia ficción blanda, es decir, textos que sacrifiquen la rigurosidad científica en pos de, por ejemplo, mayor profundidad de los personajes o del análisis sociológico del mundo construido. Ahora, con esto me refiero al uso de un lenguaje científico impreciso, la aparición de pseudociencias o las descripciones de ciencias tan avanzadas que resultan indistinguibles de la magia y tan inexplicables como ella, como ocurre en Thimor, de Manuel Ástica, publicada en 1932, o en Desde el cosmos las quieren vírgenes, de Elena Aldunate, publicada en 1977.

Aunque también puede ser una estrategia de escritura, en la que un lenguaje abstracto y enrevesado oculte simplemente la incapacidad para reflexionar sobre la ciencia, su avance y el impacto en una sociedad, de manera que, legítimamente, se termina privilegiando la acción dentro de la trama por sobre otros recursos narrativos. Todos hemos leído entretenidas novelas que más parecen una película de Los Avengers, un episodio de Los Silverhawks o un meme de Futurama. En dichas novelas, el pensamiento científico y sus procedimientos no forman parte del acervo cultural de los personajes ni de la voz que narra, provocando que se confunda la ciencia con la espectacularidad de sus productos, es decir, predomina la descripción de tecnologías impactantes, pero no la reflexión sobre su sustento teórico.

Una de las maneras de reemplazar la profundidad científica es relacionar la tecnología con la espiritualidad, que en Desde Júpiter podemos ver en las barrocas explicaciones de los sabios, muy similares al pitagorismo:

“…esto proviene, de que no han llegado todavía a aislar las fuerzas, y de que no comprenden cómo las formas de la materia se perpetuán en infinito número de condiciones diferentes, efectuándose sus combinaciones bajo relaciones de cantidades correlativas y necesariamente simples, puesto que el número es la ley de las relaciones naturales.”

En otras ocasiones aparecen postulados propios de la cultura judeocristiana, revelando que la novela no intenta exponer principios científicos sino más bien morales:

“Esta es una escuela donde se aprende a conocer la palabra divina, es decir, donde se aprenden las leyes naturales: este es pues un verdadero templo, donde se adora constantemente al Padre Universal”.

Ecos de aquello podemos ver en obras como La crucifixión de los magos, de Armando Menedín, publicada en 1966 y que expone la mixtura entre chamanismo y tecnología, o en La segunda Enciclopedia de Tlön, de Sergio Meyer, publicada en 2006, en donde algunas teorías del físico Roger Penrose se mezclan heterodoxamente con la cábala y la alquimia, sólo por mencionar dos ejemplos.


4.2. El problema de los cuerpos


Otro aspecto que resalta en una primera lectura de Desde Júpiter es el machismo expuesto en la voz del narrador, lo que puede entenderse como un reflejo del pensamiento de la época, ya que se expone sin complejos como un sátiro, para quien las mujeres son, en el mejor de casos, un trofeo por alcanzar y poseer, como en cualquier novela de aventuras decimonónica y muchas escritas durante el siglo XX por narradores con complejo de James Bond o Tony Stark.  Y aunque podemos leerla como una denuncia irónica de dicha visión de la masculinidad, si consideramos el público objetivo, es poco probable que dicha ironía fuera siquiera percibida en su momento. Veamos algunos ejemplos.

El narrador presencia una conversación entre Eva y Ada, otra joviana, sobre el concepto de lengua y la diversidad de ellas en la Tierra. Eva reflexiona de manera profunda, mientras Ada indica algo muy superficial, nuestro protagonista acota lo siguiente:

“Yo he tenido siempre horror supersticioso a la mujer sabia, a causa tal vez del abuso que hace de todo conocimiento para dar con él en la nariz al primero que encuentra, de suerte que al oír expresarse a Eva había fruncido el ceño y sentía un desagrado que no sé explicar. Así es que cuando Ada imprimió a la conversación un giro más propio al sexo bello, le di un abrazo estrecho y entusiasta, sin que ella se diera por aludida.”

Y en otro momento señala:

“Yo no quise observar más. Me ruborizaba que una mujer, que una joven y una bellísima joven, me diese lecciones y pusiese en claro mi ignorancia haciéndola lucir a mis propios ojos.”

Obviamente no estamos frente a un “aliade deconstruido” ni tampoco frente a un varón con mínima conciencia de lo erróneo y perjudicial de esos estereotipos, simplemente porque dicha visión de la mujer era parte de la ideología, entendida como el conjunto de valores impuestos por los grupos dominantes y que se instaura como el “sentido común” en el 1877 chileno. Lamentablemente, pasado un siglo desde la publicación de la obra de Miralles, podemos encontrar novelas que continúan exhibiendo dicha marca:

En Acá del tiempo, de Antonio Montero, publicada en 1968, aparte de los numerosos méritos de la obra, se deja claro de manera explícita que el papel de las mujeres es el de mero acompañamiento de hombres dominantes y “viriles”. En El ruido del tiempo, una muy interesante novela de Claudio Jaque, publicada en 1987, las mujeres son prácticamente esclavas sexuales o herramientas de seducción en manos de los hombres que toman las decisiones y dirigen una rebelión. En Flores para un cyborg, de Diego Muñoz, publicada en 1997, un científico que habla mucho más acerca de sus “proezas sexuales” con secretarias y asistentes, que de ciencia, crea un cyborg que luego de cumplir con misiones de orden político sólo desea obtener un aparato reproductor, pues quiere “enamorarse”; por alguna razón que preferiría no conocer hay más de una novela en donde una inteligencia artificial parece obsesionada con tener un pene. En Synco, de Jorge Baradit, publicada en 2008, encontramos una mujer como protagonista de la ucronía, sin embargo, es un personaje sumamente pasivo y cuya motivación principal es su obsesión con la figura de su padre, aunque lo que ilustra mejor la huella del machismo en esta novela es que no existe otro personaje femenino en toda la obra (al menos hasta su segunda edición). Con estas menciones no pretendo exponer algo que las novelas no muestren en una lectura superficial, sino reflexionar sobre por qué persiste un aspecto tan conservador dentro de un género que se asume como un desafío constante a nuestras concepciones de mundo.


4.3 Sueños de un mundo feliz.


Otra marca de origen, que no tiene por qué ser vista como algo negativo sino como una constante, sería el retrato de la utopía romántica, es decir, novelas que funcionan como manifiestos o ensayos descriptivos de una estructura social ideal, que podemos rastrear con facilidad en la primera mitad del siglo XX. Algunos ejemplos serían la ya mencionada Thimor; Tierra Firme (novela futurista), de R.O. Land, publicada en 1927; Ovalle 2031, de David Perry, publicada en 1933. En dichas obras los valores liberales y anarquistas se exponen con toda claridad.

Ahora, como parte del ideario romántico, Desde Júpiter suscribe de forma explícita la necesaria reinvención de las emociones, siendo el amor la primera y más importante, lo que se potencia con el afán edificante de la novela, como el autor señala a manera de prólogo:

“Los que creen que la novela ha sido hecha para el solo recreo del lector, corren pareja con los que piensan que la vida se ha hecho para divertirse. No pensamos como unos ni como otros. La novela debe enseñar, instruir agradablemente y no perder el tiempo. Es una forma amena de lo útil, y no una ociosidad agradable. Debe ser como la vida, un elemento de progreso y de mejora”.

Y en otro momento el narrador es reprendido por Ella:

“¡Ah! ¡Caro amigo, me dijo con cierto aire entre benévolo y sarcástico, la única condición para que Ud. ame, es la belleza exterior y la belleza femenina! Ud. no conoce sino una muy lijera parte del amor incondicional, o mejor, Ud, no sabe amar.”

En esa misma dirección está el cuestionamiento a la razón instrumental, es decir, el razonar pragmático que implica la aceptación acrítica de la realidad, objetivando seres y entornos. Si bien Desde Júpiter expone una utopía con valores ilustrados, advierte de los peligros de una sociedad que valora la avidez y la propiedad más que el bien común. Un sabio describe este fenómeno de la siguiente manera:

“En cuanto al orgullo, produce en la tierra una manía, que en este momento se ocupa para estudiar la comisión respectiva: el tono. Esta palabra significa que el enfermo ha encontrado al fin una manera de sancionar (demostrar) su importancia a los ojos de los ignorantes que así lo creen. Una aglomeración cualquiera sirve para ello. Desde que se posee una aglomeración suficiente de cualquier cosa, el enfermo cae en el tono, es decir, su cuerpo toma una actitud de protección respeto a los sanos, a quienes a lo más alarga dos dedos, porque los otros sufren una contracción que sólo cesa en presencia y contacto de otro ser igualmente enfermo.”

En otras palabras, clasismo y avaricia. Pero el narrador, tan terrenal en su defensa del egoísmo, señala:

“Esta narración mal intencionada o peor hecha me chocó. Yo no encontraba nada de particular en todo aquello por más que tanto admirase a los jupiterianos. Al contrario, me parecía muy natural, sin necesidad de hallarme enfermo, dejar traslucir a los demás la satisfacción que debe causar estar en posesión de algo que los otros no poseen”.

La razón instrumental como legado de la ilustración, y motor de la revolución industrial, se encuentra en el corazón temático de la ciencia ficción chilena, y ha sido abordada desde diversas perspectivas por sus obras más destacadas. A veces, enfocada en una visión crítica del poder político, en tanto limitación para el ejercicio de la libertad, como en Los Altísimos, de Hugo Correa, publicada en 1959, en la que todo un planeta vive en un régimen de felicidad impuesta a sangre y fuego; también problematizando la visión ideológica que subyuga a las mujeres, como en muchos relatos de Elena Aldunate, que retratan la reificación de la mujer en tanto extensión de la voluntad masculina; y en otras oportunidades como el deseo enfermizo de conocimiento que lleva inevitablemente a la deshumanización del otro, como en Los Superhomos, de Antonio Montero, publicada en 1966, o Amor de Clones, de Alicia Fenieux, publicada en 2017.

Quizás esta sea la marca de origen que mayor persistencia tenga, y tal vez se relacione con ese doble discurso que entrega Desde Júpiter, como crítica a los conceptos positivistas tan de moda en su momento, abriendo las posibilidades a maneras de avance social distintas de la teleología de la Europa moderna, desde la periferia que somos, sin limitaciones coloniales que aún hoy sugieren que no se puede escribir ciencia ficción sino desde la tradición anglosajona.


Dichas marcas de origen no deberían ser una imposición, y muchas obras nacionales escapan a ellas, sin embargo, todavía son rastreables en obras contemporáneas y vale la pena preguntarse las razones por las que narraciones de un siglo diferente, por lo tanto, de una cultura diferente, asumen como propios modelos anteriores. Esta pregunta no implica, como dije al inicio, estimular una inquisición, sino un asedio a textos que, supongo, aspiran a mucho más que entretener o compensar un ego ávido de admiración.


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