"La ciencia ficción y el mito" por Fernando Aravena

Publicado por Tríada Ediciones en

Para muchos teóricos, la ciencia ficción es el equivalente contemporáneo a los antiguos mitos, y para algunos es en esencia un deseo de racionalizar estos últimos, compatibilizarlos con nuestra tecnología y nuestra escéptica era, dándoles más o menos una base científica.

Pero si bien la CF recurre a viejos símbolos míticos, no podemos reducirla, como pretenden algunos, a una neomitología. Un ejemplo de ello es la obra de Mary Shelley, “Frankenstein o el moderno Prometeo”, considerada la primera novela de ciencia ficción, en la que la autora busca recrear el mito, desarrollando a través del relato la posibilidad de que el ser humano cree vida y se asemeje a Dios. Pero el mito es básicamente conservador, un reflejo de una concepción cíclica e imaginativa (eterno retorno) de la existencia, que viene referida de un pasado primigenio que quedó establecido en el orden de las cosas.

La ciencia ficción plantea en cambio un progreso con innumerables alternativas, destaca errores y posibilidades, muestra la contingencia y arbitrariedad del orden establecido, y los rasgos positivos y negativos de la civilización que el ser humano ha creado.

Y si existe una clara relación entre mito y ciencia ficción, es necesariamente de ruptura, partiendo de la base de que el mito muere cuando nace la escritura y la ciencia ficción se transformó con el tiempo en un género literario. Aunque nos daremos cuenta de que lo de la ruptura no es tan así. Ciencia ficción y mito se van a entrelazar y una irá reemplazando al otro en tanto vamos avanzando en el tiempo.

Definamos mito; de acuerdo a lo anterior y de manera absolutamente arbitraria lo definiremos como un conjunto de creencias especulativas que explicarían la realidad, una necesidad imaginaria de dar cabida a los distintos descubrimientos de este ser humano primitivo: la lluvia, el cambio de estaciones, la cosecha, etc. Ante todo eso, aún no posee el conocimiento.

Así para nuestros antepasados el mito se transformó en la respuesta más inmediata, que en lo sucesivo convertiría también en divinidad. A partir de ello nace el rito y se genera la hipótesis sobre el origen del mundo, de la vida, de la humanidad y de lo que podría ser el futuro. A ello el hombre le da una estructura, lo concreta con valores morales que van a explicar además las causas del orden natural y validarán por tanto las instituciones; de ahí el valor conservador y canalizador del mito.

Sin embargo, hemos avanzado bastante y el progreso, el método científico, nos lleva a dar con respuestas más lógicas, a probar que la humanidad puede concebir futuros posibles, absolutamente diferentes del presente. Es ahí donde la ciencia ficción, esa basada en la ciencia y en la tecnología, no solo en cowboys con trajes espaciales, va evolucionando. De ficción ya le queda poco, en cambio se alimenta cada vez más de ciencia, y de acuerdo con nuestra propia realidad va a entregar historias que de alguna manera den sentido a un futuro que nos es incierto.

Aun así el mito no deja de estar presente; ¿cuántos de nosotros comprenden las implicaciones físicas de la Teoría de Cuerdas? ¿O la Teoría de la relatividad de Einstein? Aquella que habla sobre el dinamismo relativo del universo. La mayoría no la entiende pero “la conoce”, es decir no sabemos de qué se trata pero las asumimos como una verdad, la misma que en su momento se asoció al mito, con la diferencia de que ahora no es mera especulación porque podemos comprobarla a través del método científico.

Y es aquí precisamente donde se enlazan el mito y la ciencia ficción: el primero nos ofrece una explicación del universo desde un pasado estático; la ciencia ficción en cambio nos entrega una posible visión de este hacia el futuro. Por otro lado, el mito busca responder a la pregunta “¿de dónde venimos?” y la ciencia ficción responderá el “¿hacia dónde vamos?”. O una interrogante más compleja “¿qué pasaría sí?”, que en el fondo desarrolla las consecuencias del comportamiento humano, en un intento de comprender la sociedad mediante la proyección de algunas características en el tiempo, en contraste al poeta antiguo que trataba de explicar y conservar su sociedad e historia común desde la proyección al pasado; en ambos casos se trata de preservar la sociedad de los riesgos que conllevan los comportamientos perjudiciales de sus integrantes.

Un ejemplo conocido es el mito del cataclismo cósmico: el mundo es destruido y la humanidad aniquilada, a excepción de una pareja o de unos cuantos supervivientes que reinician el ciclo de la vida. Pero no sería en este caso el Diluvio Universal una distopía no tecnológica proyectada al pasado, tal como lo describe Matheson con su diluvio de sangre en Soy Leyenda, con un último hombre incapaz de reiniciar el ciclo de la vida para la humanidad, sino que se crea una nueva humanidad a partir de esa catástrofe.

Podríamos establecer entonces que la ciencia ficción viene cuestionando las mismas inquietudes que han preocupado a la humanidad desde que tomó conciencia de sí misma.

El ser humano sustituyó el relato oral del mito por la escritura, y con ello avanzó desde las explicaciones puramente imaginarias a otras empíricas. Así es como la ciencia ficción construye realidades que dan sentido a la posible historia de la humanidad, ya que ella es la forma contemporánea más visible e influyente de pensamiento futurista, la ventana que nos muestra lo emocionante que ha sido el viaje hasta ahora. Si queremos compararla con los antiguos mitos, el género debe ir más allá de lo tradicional, de una forma de pensar ya superada.

La ciencia ficción debe inspirarnos, debe extrapolar los valores de nuestra época y acompañar a la humanidad hacia un futuro incierto, tal como lo hizo el mito en nuestra protohistoria. Resume las ideas racionalistas y mitológicas sobre el futuro, es su contraposición, pero también su continuación.


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