"Estereotipos y relaciones tóxicas" por Carlos Páez

Publicado por Tríada Ediciones en

En la actualidad parece ser una regla el que cuando escribes a una protagonista mujer, esta debe ser una chica buena y amable, pero también rebelde, inteligente, agraciada sin ser preciosa, ojalá irónica, y casi por arte de magia una experta en artes marciales, armas y física cuántica. O sea, perfecta.

Pues bien, esto es complejo. Por lo general, los seres humanos no poseemos todas esas deseables cualidades, menos en la adolescencia. 

El camino fácil para el escritor es un protagonista que conecte con el lector medio en términos de vulnerabilidad, pero que sea capaz de sortear las pruebas con las que lo torturaremos a lo largo de la historia: el también conocido “elegido”.

Sin embargo, debería haber formas de darle al menos un barniz de coherencia. Por lógica, la bibliotecaria que nunca ha salido de su pueblo y no ha peleado más que con su hermano menor a almohadazos, no debería ser capaz de buenas a primeras de trenzarse a golpes con un pelotón de fuerzas especiales, atrapar una cobra con las manos y pilotar un F-16. Pero podemos plantear alguna explicación medianamente coherente para justificarla con un mínimo de esfuerzo. Aunque lo mejor será cranear cómo nuestro protagonista promedio sale del apuro usando su astucia, voluntad, etc., bajo sus propias capacidades, en vez de transformarse en un superhéroe instantáneo.

Si bien un protagonista común conecta con el lector común, si este es capaz de hacer ilógicas cosas extraordinarias, normalmente implica no solo que pierde dicha conexión, sino que el lector se desconecta del mundo. Se malogra la inmersión, la suspensión de la realidad.

Los protagonistas tipo Mary Sue y Gary Stu, si bien suelen no ser más que malos ejemplos de diseño y desarrollo de personaje, son en realidad inofensivos, más allá de la crítica a la capacidad del autor. El problema más grave se da en cómo interactúan con otros personajes.

Un caso especialmente complejo, en mi opinión, es el de las relaciones tóxicas.

Todos hemos leído alguna novela repleta de clichés, donde la protagonista se enamora del príncipe azul, pero el príncipe es un tarado violento y malhablado, que primero la trata mal para luego enamorarse perdidamente, sin mucho sentido.

Se suele citar a la literatura juvenil como ejemplo de esto, pero la realidad es que hay ejemplos en todo tipo de literatura: novelas románticas, eróticas, intriga, política, etc. Por supuesto, el problema se agrava en la LIJ porque afecta a los más jóvenes. Al contrario, si a tus cuarenta aún crees en las relaciones tóxicas, el problema puede ser tuyo.

En mi experiencia, partiendo por haber estudiado obstetricia y veterinaria (algo sé de mujeres y algo sé de animales violentos), y con un buen bagaje en psicología y como amigo, no recuerdo ni una sola relación que incluya a un idiota violento, por muy príncipe que sea, que haya resultado sana para la chica. Las relaciones amorosas sanas dependen por definición de que ambos sean personas amables y preocupadas, en especial el hombre, tanto porque los hombres somos más básicos (brutos), como porque estamos más predispuestos a la violencia física. Cualquier relación que comienza con violencia verbal grave, y con mayor razón física, de parte de un tipo de naturaleza violenta por las razones que sean, inexorablemente termina con la mujer como víctima.

Pensemos en nuestro príncipe chico malo estereotipado: es guapo, rico (aunque puede ser pobre si la chica es adinerada para darle un contraste), rebelde, audaz, inserto en un mundo violento y viril (ser contador no emociona a nadie), por lo general sufre ataques de cólera y es rápido para reaccionar con fuerza física porque es musculoso y diestro en combate. Por supuesto ha tenido una vida dura, existe la posibilidad de que haya perdido a su madre (o de lo contrario no sería así), ha sufrido vejaciones o ha sido mirado en menos por sus pares. Lo normal es que, de hecho, haya sufrido experiencias traumáticas que lo han dejado con una visión dura y desapasionada de la vida. Pero, en el fondo, es bueno y amable, solo necesita que la protagonista le haga un poco de cariño. Aunque despertará en musculoso y varonil frenesí heroico en cualquier momento que ella esté en peligro.

Ocupo el estándar binario como ejemplo, pero esto también es atingente a cualquier género. No es exclusivo de los heterosexuales el tener relaciones tóxicas, también es muy común entre gays y lesbianas, y para qué decir en trans y otros. Mientras más vulnerable sea la persona, más fácil resulta como presa para el compañero tóxico.

En la realidad, todo esto tiene varios nombres: estrés postraumático, psicosis, alteraciones de personalidad, etc. Alguien que ha respondido con violencia ante eventos traumáticos no es un oso de peluche ávido de ser abrazado. Es un tipo traumatizado, una bomba esperando estallar.

¿Y adivinen qué? Va a estallar.

El que haya perdido a su madre, haya sido despreciado por su familia, vilipendiado y traumatizado, no implica que solo necesite una madre sustituta. Necesita tratamiento y, en muchos casos, una camisa de fuerza. Ni hablar de lo tóxico de enseñar que el objetivo romántico femenino debe ser conseguirse un tipo que necesita que seas su mami. El pobre príncipe huérfano es solo la fórmula fácil para el escritor mediocre.

Por supuesto, todo esto tiene explicación tanto en la tradición literaria como en lo que vende fácilmente. Existe un enunciado cultural, patriarcal por cierto, en que la chica buena sueña con ser protegida por el macho alfa.

De hecho, en términos animales reales, las hembras compiten por el alfa. El macho principal es fuerte, está por encima del resto, con características genéticas que aseguran la mejor progenie posible (y la envidia de las demás hembras). No por nada es el impulso natural adolescente, las chicas tienden a encandilarse por el quaterback del equipo de rugby, el súper popular y perfecto rey del baile. 

En un libro, como la chica común no tiene cómo conquistar al alfa por encima de la “malvada” rival líder de las porristas que biológicamente parece superior (más linda, con más curvas, elegancia, dinero, etc.), la opción es que el macho alfa tenga una deficiencia psicológica que lo haga vulnerable, y que solo ella pueda manejar para “domarlo”.

Lo lamentable es que en buena parte de la literatura definimos esta relación tóxica entre la chica promedio y el chico malo, como “romántica” o más bien de “proyección romántica”. El tipo es un lobo alfa lomo plateado para el mundo, pero un gatito cuando está con ella, porque su amor le hará cambiar.

Muchos de los personajes presentes en novelas, especialmente juveniles y románticas, son personas desequilibradas que no podrían tener una relación mínimamente sólida y normal. 

Veamos un ejemplo: 

“Nuestro príncipe fue muy querido por su madre, pero esta murió a temprana edad. Su padre, que era muy mayor y muy estricto, lo crió para ser fuerte; sin embargo, nuestro príncipe siempre tuvo una veta sensible y quiso ser pintor. Escapó para vivir de su arte, pero estalló la guerra y vivió la crudeza en el campo de batalla, hasta que fue herido. Entonces se dio cuenta de que su destino era luchar por la libertad y llevar a su pueblo hacia el futuro. Así que, con su pasión desbordante, enfrentó a los poderosos, pero fue injustamente encerrado por años. Ahí se volcó a la escritura, templó su carácter y resurgió más sabio y decidido a seguir su lucha, hasta que vence y su pueblo lo aclama como el líder que ama. Él acepta su destino, pero sueña con pintar y encontrar a una buena mujer, simple y sencilla, como nuestra protagonista.”

Suena bien, ¿eh? Rudo y sensible. Inteligente, sufrido, con un corazoncito oculto, pero también es poderoso, viril. Querido por su pueblo, adorado por las mujeres, aunque en el fondo de su corazón busca una chica sencilla como tú, lectora.

Sería un excelente príncipe… si no se tratara de Adolf Hitler. Y sí, le estás enseñando a tus lectoras a ser Eva Braun.

Puedes adornar muy bonito sus penurias, hacer ver que el tipo es un pan de dios, una bellísima persona y un pretendiente de ensueño. Pero, en la vida real las cosas no funcionan así. 

El desarrollo de un comportamiento violento en un hombre sí o sí está relacionado con traumas psicológicos, del ámbito psicopático o esquizofrénico. Y como tal, seguirá siendo violento hasta que sea tratado (y lo más seguro es que siga igual). Ese mismo condimento de violencia que lo hace supuestamente atractivo en la literatura, en la realidad le ha jodido la mente, y poco efectivo puede resultar el “amor” de la chica buena y amable como tratamiento. 

Es simple conductismo, el perdón no cambia las conductas. Si tu perro orina en la alfombra y tú lo “regañas” abrazándolo, solo estás reforzando el mal comportamiento. En el caso de la violencia es especialmente simple, los hombres violentos suelen pedir perdón y sus mujeres los perdonan… y las golpean de nuevo. Aplicar el “amor” frente a una conducta dominante es perpetuar la dominación.

Muy pocas adolescentes (y algunas mujeres adultas, incluso hombres) están capacitadas para lidiar con una pareja violenta.

Ese es el problema en literatura con las relaciones tóxicas miradas como románticas. Estamos reforzando un mito peligroso. Damos el mensaje erróneo a las nuevas generaciones de que no importa si tu pareja es violenta, si lo “amas” cambiará. Y es todo lo contrario, en psicología si estás metido en una relación tóxica con alguien violento, el consejo profesional es: “¡corre por tu vida!”.

Podría considerarse común en los clásicos. Hasta fines del siglo XX lo normal eran las relaciones patriarcales, donde la mujer acataba la predominancia del hombre sin tener control de si su pareja era un tipo violento, más allá de rezar para que el marido le saliera medianamente bueno. Entonces, en la literatura de la época, el ideal era la chica dulce y perfecta conquistando al macho alfa, que en el fondo era dulce y cariñoso. Era entendible, el foco romántico era el mismo principio clásico en donde el “príncipe” era una buena persona que trataba a la mujer como igual o al menos la protegía caballerosamente. Aun así, hubo ejemplos disímiles, como en “Mujercitas” de Louise May Alcott, donde los personajes masculinos principales eran adorables e inofensivos, quienes, de hecho, ni siquiera restaban protagonismo a las féminas.

Pero hoy en día, cuando la emancipación de la mujer sigue su justo camino, el foco no puede ser el de “confórmate con que tu marido no sea un imbécil” o al otro extremo el de “no te conformes con menos que el príncipe azul”, ambas falacias peligrosas. Ni siquiera en términos de procreación, el ideal femenino puede ser el chico malo, el macho-macho, debe ser el hombre-hombre. Y el hombre-hombre es un compañero cómplice, no un príncipe o caballero andante. En la definición actual de pareja sana, más avanzada, el tema es de a dos. La fórmula no puede seguir siendo que uno lleve el peso de la relación y la salud mental del otro. Los sacrificios deben ser parejos.

El problema del estereotipo tóxico en literatura es que reforzamos dos mitos perjudiciales:

  • Puedes sacar una relación tóxica adelante y ser feliz, solo necesitas amor.
  • Tu relación y tu pareja deben ser perfectas, debes buscar al príncipe azul.

En la realidad la clave está más bien entre ambas opciones. 

Una relación tóxica nunca va a ningún lado, si hay violencia, siempre habrá más violencia.

Una relación no puede ser perfecta, y la persona a tu lado nunca será perfecta (el nefasto ideal Disney que hablaré en otra ocasión).

El ser guapo, rico, etc., nunca son atenuantes de ser una bestia. Una relación puede ser tóxica con el príncipe o con el vecino.

Históricamente, hemos pasado de la resignación antigua donde se mantenía la relación contra viento y marea porque no había más opción (la mujer, por ejemplo, no tenía solvencia económica para escapar), a las relaciones desechables que se cortan al primer problema, lo que por simple estadística suele llevar a quedarse solo o terminar en la desesperación de aceptar después “lo que venga”, aunque sea tóxico.

Al perpetuar los estereotipos tóxicos en literatura, lo que hacemos es seguir dando señales erróneas respecto a la sanidad mental de las personas y a la posición de la mujer en la sociedad. Hay pocas cosas menos feministas que decirles a las chicas que se busquen un macho que las violente porque es “romántico”.

No creo que los escritores tengamos la superioridad moral para dar consejos o marcar pautas. Pero, el no perpetuar modelos de relación tóxicos, al igual que fomentar temas de inclusión, no es un deber de escritores, es un deber de personas.

Eso no implica que no debe haber relaciones tóxicas o personajes tóxicos en los libros, tal como nada implica que no deba haber personajes y situaciones complejas, malas, discriminantes, etc. Tú puedes escribir lo que te dé la gana, pero lo que importa es cómo lo tratas y lo enfocas. Tal como no tiene sentido meter en tu trama una violación porque si, menos lo tendría si la ensalzaras como una costumbre adecuada. Tu función como persona es que si tu historia aborda una violación, la repruebes como corresponde, si no es a través de los personajes (porque tienes derecho a poner personajes imbéciles) al menos a través de la narración.

Si escribes LIJ, tienes el deber como ser humano de escribir pensando en tus lectores. De hecho, aunque escribieras solo para abuelitos también deberías hacerlo, pero con la LIJ es casi un tema legal. Si a una chica o a un chico de 12 años le enseñas que una relación tóxica es romántica, le puedes estar condenando a años de dolor. Tu función, éxito y razón de existir es conectar con el lector, ser leído, llegar emocionalmente a él. Esa es una espada de doble filo, tal como puedes estimular su imaginación y hacerlo vivir aventuras, también puedes influir en cómo piensa, cómo ve el mundo, en especial los lectores más jóvenes.

Así que, estimade colega, la próxima vez que quieras tomar el camino fácil y hacer que tu Mary Sue se enamore del apuesto príncipe Gary Stu, audaz y violento, piensa un momento en esas relaciones tóxicas que sufriste o conoces, y el daño que eventualmente puedes hacer. 

Pon un poco más de esfuerzo y conciencia. Tu lector lo merece.


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