"El asesinato de Tolkien" por Jorge Román

Publicado por Tríada Ediciones en

En su ensayo «A Citizen of Mondath», de 1973, Ursula K. Le Guin se pregunta qué habría pasado si ella hubiese nacido en 1939 en lugar de 1929 y hubiese leído a Tolkien en su adolescencia en lugar de sus veintitantos: «Esa obra podría haberme abrumado», afirma. «Me alegra haber tenido alguna idea de mi propia dirección antes de leer a Tolkien. La influencia de Dunsany fue totalmente benigna y nunca me esforcé en imitarlo en mis prolíficos y poco originales escritos adolescentes. [...] [Dunsany] No fue un modelo para mí, sino un liberador, un guía».

Le Guin es probablemente una de las escritoras de fantasía y ciencia ficción más originales y reconocidas del siglo XX. Por desgracia, su obra pasó inadvertida en los países hispanohablantes durante décadas, eclipsada por los textos de John Ronald Reuel Tolkien, tanto los que publicó en vida como los que editó y publicó póstumamente su hijo Christopher. Pero no es algo que debería extrañarnos: El señor de los anillos es una obra monumental, hipnotizante, que utiliza todos los recursos de la novela histórica para narrar una epopeya que se alimenta de la mitología europea occidental y la retroalimenta a su vez.

Su obra influyó profundamente en la concepción de la fantasía por más de 60 años. Ha sido citada, imitada y transformada por un sinfín de novelistas. Inspiró el primer juego de rol (Dungeons & Dragons, que bebe directamente del elíxir tolkieniano), juegos de mesa, videojuegos y películas, entre muchos otros productos culturales.

Pero, tal como dice Le Guin, esta joya literaria tiene una maldición: como si fuese el Anillo Único, la prosa de Tolkien obnubila a sus lectores, quienes luego son incapaces de concebir la literatura de fantasía si no incluye elfos y hechiceros luchando contra dragones y señores del mal (sí, los menciono en masculino porque sus contrapartes femeninas suelen estar casi ausentes). También yo me sentí durante mucho tiempo hipnotizado por El señor de los anillos, El silmarillion y todas los textos de Tolkien que llegaban a mis manos. Los conflictos entre elfes, enanes, orkes, señores de la oscuridad y bondadosa nobleza eran la carne y los huesos de todo lo que escribía (o mastereaba). Y, hasta hoy, quienes escriben fantasía sienten el canto de sirena de Tolkien, no solo en los elementos que construyen el ambiente de sus historias, sino también en el tono, la forma de narrar y hasta en los mapas que acompañan las novelas (como si el mapa fuese una especie de sello de garantía de que el mundo creado puede ser fantástico, pero posee una historia y geografía muy documentadas).

Con esto no quiero decir que escribir fantasía con elementos tolkienianos y de la cultura europea en general sea algo malo en sí mismo. La gracia de las historias de espadas y dragones es que utilizan recursos universalmente conocidos: esto facilita la lectura y nos permite profundizar en la historia y sus personajes de forma rápida y efectiva. En cambio, cuando escribimos una novela de fantasía que utiliza elementos poco convencionales (por ejemplo, criaturas de la mitología mapuche, india o de África central), podemos pasar por grandes dolores de cabeza pensando en cómo describir estos seres, armas, tradiciones y comportamientos ajenos a la gran mayoría de les lectores. ¿Cómo presentar una sociedad matriarcal sin utilizar un tono antropológico? ¿Cómo describir un imbunche sin que parezca una entrada de Wikipedia? ¿Qué conflictos habría en un mundo que no se encuentra en un eterno pseudomedioevo, sino en el neolítico, en la edad del bronce o en el renacimiento?

La mitología europea occidental suele resultar cómoda como trasfondo para un relato. Desviarse de ese camino implica mucha investigación, una enorme dosis de imaginación y mucha habilidad en la escritura. Implica también mostrar mucho respeto por la o las culturas que nos servirán de fuente de inspiración. Sería desafortunado, en plena década del 2020, caer en estereotipos o racismos como el de Tolkien, convirtiendo a las personas de piel morena en las fuerzas malvadas o retratando a los pillanes como espíritus sedientos de sangre. De hecho, si no vamos a basarnos en los mitos y leyendas de la cultura a la que pertenecemos y con la que nos identificamos, corremos el riesgo de hacer apropiación cultural (este es un tema complejo y peliagudo que daría para un ensayo completo, pero pueden leer un poco más sobre lo que es apropiación cultural aquí, aquí y aquí).

¿Qué propongo entonces? ¿Inventar absolutamente todo para no correr el riesgo de convertir una cultura marginada en un estereotipo? ¿Escribir historias de fantasía sobre magos tardígrados que luchan una épica guerra contra los ácaros que invaden su charco del jardín?

No. Simplemente, asesinar a Tolkien. Al Tolkien que llevamos dentro.

Ese Tolkien que nos dice que si no hay magia y dragones, no es fantasía. Ese que nos lleva a escribir diálogos largos y señoriales, como si fuesen monólogos shakesperianos. Ese que nos dice que la fantasía necesita bosques de robles, montañas nevadas, cuatro estaciones, caballos, lobos y monarquías. Que la prosa debe ser rica en detalles y metáforas, que debe estar a medio camino entre una novela histórica y un poema épico. Ese Tolkien que nos dicta que si no hay grandes batallas, si no hay un conflicto entre el Bien y el Mal, entonces no es fantasía. Y que en esa fantasía solo se bebe cerveza, se come pan de harina de trigo y se fuma en pipas.

Perdón, pero ¿por qué las historias de fantasía no pueden ocurrir en el desierto de Atacama, en medio de la pampa argentina, en un campo de hielo patagónico o en ciudades que flotan en la alta atmósfera de un planeta joviano, como Júpiter? ¿No podemos usar bosques de quillayes y litres, llamas y huemules, chicha y tortas de maíz? ¿No podemos llenar los diálogos de garabatos, usar una prosa simple, de oraciones breves y pocos adjetivos? ¿En verdad necesitamos a un señor de la oscuridad? ¿Por qué no la historia de una revuelta popular, de una conquista sangrienta o simplemente la de un fantasma que ha olvidado su vida y quiere recordarla?

La fantasía está limitada sólo por nuestros conocimientos e imaginación. No necesitamos a Tolkien: podemos crear una mitología y una cultura propias, o basarnos en algunas que hayamos investigado.

En serio, asesinémoslo. Él ya cumplió su parte: nos entregó novelas brillantes y su hijo nos permitió adentrarnos aún más en el mundo y la historia de Arda. Pero ya fue: nunca seremos Tolkien. Si de algo sirve su ejemplo, que sea para mostrarnos que hasta un aburrido profesor británico de lingüística y filología puede encontrar su estilo de narración y encantar a sus lectores con él. Que sea para mostrarnos que una novela brillante no se escribe de una vez, sino que debe ser corregida, reescrita, modificada y corregida de nuevo, varias veces. Que sea para mostrarnos que deberíamos investigar nuestras propias raíces culturales, la mitología y los paisajes con los que crecimos y que nos moldearon (para profundizar en el tema de describir la propia aldea, recomiendo leer esta columna de Nahibya).

Busquemos nuestra propia voz, nuestra forma de narrar. Busquemos nuestro propio mundo de fantasía, que refleje nuestras experiencias y anhelos, nuestros miedos y creencias.

No se necesita una o un Tolkien de Latinoamérica. Nuestro continente, nuestro país y las diversas culturas que lo habitan tienen incontables leyendas, ambientaciones y criaturas fantásticas que nos pueden ayudar a construir relatos fascinantes, únicos, y hacerlos universales. Y, de paso, nos ayudan a entender y enriquecer nuestra propia cultura, nuestra identidad y nuestro futuro.

Apéndice

Cuidado con el exceso de información

Hay un problema muy común cuando escribimos un cuento o una novela a partir de mitología poco conocida o creada por nosotres: ¿cómo presentamos la información relevante del mundo para que la historia fluya con facilidad?

Resulta muy fácil abrumar a les lectores con exceso de información de nuestro mundo de fantasía o confundirles por falta de esta. No se debe asumir que les lectores son tontes: a cualquiera le resulta difícil recordar nombres extraños y las características de un objeto o un monstruo desconocidos.

No, agregar prólogos o apéndices que expliquen tal criatura o tal cultura o la historia reciente del mundo no es la solución. Los apéndices pueden ser un caramelito para quienes se encantaron con el texto, pero no deben ser fundamentales para entender un relato. ¿Estoy diciendo con esto que Tolkien se equivocó cuando puso al principio de La comunidad del anillo decenas de páginas que hablan sobre la historia del mundo, sobre les hobbits y sus costumbres? Sí, se equivocó. Esas páginas son un verdadero espantalectores, casi tan aburridas como una publicación académica. El señor de los anillos es una trilogía fabulosa a pesar de ese prólogo, no a causa del mismo.

Entonces, ¿cómo podemos evitar el exceso de información pero al mismo tiempo darle a nuestres lectores lo esencial para que puedan seguir la historia?

No hay fórmulas mágicas para esto. Pero hay algunos consejos de manual que sirven bastante.

1) No abusar de los nombres extraños. Cuando la protagonista Eriandonal, gaurana de la república de Varionndir, se encuentre con el pundorg X'darren en el bosque de Hazor, habrás perdido a tus lectores. Si un personaje no es importante, no le pongas nombre. Si un personaje es importante para una parte del relato, puedes nombrarlo a través de una característica o un apodo: el adivino cojo, la Comearañas, el Ladrador, la pescadora sin dientes… Algo parecido puede hacerse para los lugares u objetos. Que no se llame el bosque de Hazor: puede ser el Bosque de los Alerces, el Río Envenenado, la Lanza de Hielo…

2) Dosificar los datos y presentarlos como enganches. Una página entera de datos sobre una criatura, una costumbre o un evento histórico importante aburre o, peor aún, puede olvidarse. Pero si los datos se van entregando de a poco, como parte de la trama, es distinto. Por ejemplo, un capítulo puede tratarse de un personaje sin nombre que es asesinado por el monstruo: les lectores asumirán que ese monstruo cumplirá un papel importante a medida que avance la historia y, como ya vieron cuáles son sus características y fortalezas, podremos usar esos detalles para crear tensión en la próxima aparición del monstruo. Otro ejemplo: en un diálogo aparentemente irrelevante, un personaje muestra odio hacia la gente de un reino o hacia los seres de otra especie. Una forastera pregunta por qué ese rechazo, alguien le explica que es "por la Matanza de Otoño", pero no da más detalles. Más adelante podemos ahondar en ese evento, pero con esto ya hemos despertado el interés de nuestres lectores por saber qué ocurrió en la "Matanza de Otoño".

3) Reducir los elementos extraños a lo mínimo indispensable para la historia. Si el cuento transcurre en un solo valle, no necesitamos el nombre del reino. Menos el nombre de los principados vecinos. No necesitamos un árbol genealógico de cada personaje, a menos que sea fundamental (por ejemplo, porque hay una maldición que se transmite solo a los hombres rubios de un linaje y el compañero de viaje de nuestra protagonista es hombre y rubio… ¿Será un hijo bastardo del linaje maldecido?). Tampoco necesitamos inventar nombres para cada monstruo de nuestra historia: ¿y si en nuestro mundo los pumas son gigantes y tienen colmillos venenosos? ¿O los tábanos pueden viajar al Reino de los Muertos y chupan sangre para llevársela a sus amos, los brujos de la Pampa? ¿Qué tal si los copihues son enormes flores carnívoras? Les lectores podrían no entender por qué los personajes le temen a un bosque con copihues hasta que una de las flores engulle a una llama entera.

4) Lo más importante: muestra, no expliques. Si quieres contar que en los volcanes habitan espíritus de fuego capaces de destruir pueblos enteros, no expliques esto: muestra cómo uno de esos espíritus engulle en una ola de fuego el pueblo natal de la protagonista. Relata cómo las personas del pueblo intentan inútilmente detener las llamas con amuletos, inscripciones místicas o canales de agua. Si vas a presentar un culto de necromantes que acecha un archipiélago, no cuentes la historia del culto, no hables de su líder actual ni expliques en detalle lo que pueden hacer: muestra que todo el mundo se rehúsa a pronunciar el nombre del culto; muestra un funeral que acaba con la cremación del cuerpo y deja en claro que la gente tiene la costumbre de cremar los cuerpos hasta las cenizas para que no puedan ser despertados; muestra viejos cementerios con tumbas vacías. Esto construirá tensión y enriquecerá el escenario donde ocurre la historia, mostrando cómo los elementos fantásticos van alterando la vida de quienes habitan el mundo.

Recuerda también que, para escribir un buen relato de fantasía, no se necesitan cientos de monstruos, cinco tipos de magia y centenares de artefactos fabulosos: un solo elemento extraño o sobrenatural puede alterar radicalmente la vida de quienes habitan tu mundo. Lo importante es que imagines cómo se inserta este elemento en la vida diaria: ¿influye en la alimentación? ¿En los ritos funerarios? ¿En los oficios? ¿En la música? ¿Facilita o dificulta los viajes? Piensa, por ejemplo, que si en tu mundo existen panteras voladoras que se utilizan como montura, los muros de una fortaleza tendrían poca o ninguna utilidad. Piensa en todo lo que rodea a estas panteras: criadores y entrenadores de panteras, animales de ganado especiales para alimentarlas, artesanía de monturas con amarras que evitan que les jinetes caigan, balistas especiales para derribarlas en el aire, cartografía aérea, correo aéreo… ¿Y qué pasa si una tiranía vecina no tiene panteras voladoras y decide secuestrar a criadores y entrenadores de panteras, además de una docena de crías? ¿Entrarían en guerra las dos naciones por esto? ¿Puede quizás ser este el conflicto de la historia?

Lo principal es la práctica, el ensayo y el error. Ir mostrando nuestros textos a personas que sean lectoras habituales y que nos vayan diciendo si se entiende, si no aburre. También ayuda mucho leer novelas de fantasía en mundos no medievales europeos, como el ciclo de Terramar, de Ursula K. le Guin, la saga de los Cien Mil Reinos, de N. K. Jemisin, la saga de Las Leyes del Mar, de Robin Hobb, la de La Materia Oscura, de Philip Pullman… Leyendo estas novelas puedes descubrir qué trucos utilizan les autores para mostrar la información de su mundo de fantasía, qué les funciona y qué no. También puedes buscar el término info dumping en tu buscador web favorito y leer los muchos e interesantes consejos que dan para evitar el abuso de información (como este en castellano o este en inglés).

Pero lo más importante: no trates de imitar a Tolkien, a Rowling, a Lewis o a cualquier otra autora o autor que te haya encantado. Busca tu propio mundo y cultiva tu propia pluma. Muestra al mundo tus raíces, tus pesadillas y los conflictos que te obsesionan. Asesina a Tolkien para que puedas conocer a la escritora o escritor en quien te convertirás.


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