"Brevísima guía para criticar textos ajenos" por Jorge Román

Publicado por Tríada Ediciones en

Hace un par de meses, un conocido escritor nacional tuvo un —digámoslo con cariño— intercambio de opiniones en redes sociales con una persona a quien no le gustó una de sus novelas. Aunque la persona en cuestión no fue particularmente dura ni incisiva en sus comentarios, el escritor se mostró ofendido y adoptó un tono pasivo-agresivo que llevó el diálogo a momentos realmente incómodos. Digamos que si la discusión hubiese ocurrido en un bar o en una casa, yo habría tratado de tomar al escritor por el brazo y conversar con él aparte para calmarlo y que entrara en razón.

Y es que el ego de quienes escribimos es una cosa muy frágil. Tan frágil que pueden hacernos decenas de comentarios positivos, pero bastará un comentario malintencionado para hundirnos. Tan frágil que algunes escritores, para protegerse, ignoran por completo las críticas negativas (incluso cuando están bien fundamentadas) y escuchan solo las alabanzas. Tan frágil que un fracaso o un éxito monumental pueden destruir por completo la carrera de una escritora o escritor (ya sea porque deja de escribir o porque solo puede escribir mamarrachos). Como bien escribe Rosa Montero en La loca de la casa, «la vanidad del escritor no es en realidad sino un vertiginoso agujero de inseguridad; y si uno se mete en ese abismo, no deja de descender hasta que llega al centro de la Tierra».

Eso no significa que las obras literarias no deban ser criticadas, comentadas, elogiadas o vilipendiadas, según corresponda. Como editor y participante en talleres literarios, me ha tocado comentar y criticar textos de las calidades más variopintas. Y de estas experiencias, he aprendido dos lecciones fundamentales para hacer críticas literarias.

La primera es que se debe tratar a la escritora o escritor como si fuera una amistad a quien quieres mucho, pero te gustaría que mejorara profesionalmente.

Los comentarios complacientes no sirven. Las palabras buena onda sin fundamento, no sirven. Y destruir un texto, tampoco. Es cierto que una buena escritora o escritor debe entender que una crítica a su obra no es una crítica a su persona, pero destripar un texto para demostrar nuestra mordacidad no ayuda a quien escribe ni a las personas que podrían interesarse en la lectura. Quizás la obra está pensada para un público distinto. Quizás no nos gusta porque consideramos que toca de forma inadecuada un tema sensible para nosotres. O quizás simplemente no la entendimos (me ha pasado con Diamela Eltit y me avergüenzo de ello).

Hay muchas formas de hacer críticas sin necesidad de hacer parecer que la autora o autor es une aficionade. Imaginemos que la crítica se la estamos diciendo a nuestre escritore de frente, mientras compartimos un té, o un café, o una cerveza o lo que a ti te gusta beber.

En segundo lugar, las críticas deben enfocarse en aspectos concretos del texto, mostrando lo que no funciona y lo que sí funciona.

«Los personajes son planos», «la trama es muy cliché», «la narración tiene buen ritmo» son frases típicas que se usan al criticar un texto. Yo también las he usado. Pero debemos reconocer que son juicios que dicen muy poco. ¿Qué pasa si los personajes son planos a propósito? ¿O si la historia es cliché porque es una sátira? ¿Y en qué se puede notar el ritmo de un relato?

Mientras más leemos y más analizamos nuestras lecturas, mejor podemos responder estas preguntas. En general, es más fácil descubrir qué es lo que no funciona en un relato y por qué («la protagonista no tiene motivaciones claras y es esclava de lo que el autor quiere decir», es una crítica bien concreta), pero identificar lo que funciona bien y por qué es algo que requiere mucha experiencia y análisis. Es como con una llave de agua: si la abrimos y hay un flujo constante de agua clara, no podemos entender bien por qué pasa, a menos que sepamos de gasfitería.

Si nuestro objetivo es cuidar la autoestima de la escritora o escritor, siempre es bueno identificar primero lo que sí funciona (y créanme: incluso en los peores textos hay algo bien logrado, aunque sea la idea de un personaje, el sentido del humor o el inicio de la historia) y comprender por qué funciona bien. Luego, se debe abordar lo que no funciona. Y, si nos lo piden o se nos ocurren buenas ideas, incluso podemos dar sugerencias para mejorar el texto, aunque esto último no es necesario en la mayoría de los casos. Es muy común que las sugerencias reflejen lo que a nosotres nos gustaría contar y no lo que quiso contar le autore.

¿Por qué algunos textos parecen ser fáciles de leer y enganchan fácilmente la lectura? Esto puede ocurrir por varias razones, pero algunos trucos que usan las escritoras y escritores profesionales para agilizar su prosa es reducir al mínimo los adjetivos y las descripciones, dando solo píldoras de información a medida que avanza la historia. También van eliminando escenas y momentos triviales, dejando solo lo que desarrolla la trama: de esta forma, nos dan a nosotres, sus lectores, pistas sobre lo que puede ocurrir más adelante. Si en un capítulo aparece una escopeta que no se dispara, es muy probable que la escopeta aparezca en un capítulo posterior y provoque una tragedia. Este trabajo, meticuloso, atento a los detalles, es lo que diferencia un buen texto o un texto con potencial de un texto mediocre.

Los tiempos actuales son extraños en la historia de la literatura. Estamos en una época en la que se lee y se publica más que nunca (recordemos que hasta mediados del siglo XX, el analfabetismo en Chile superaba el 40% y que leer es mucho más que la alfabetización), en que la crítica literaria formal ha muerto (o al menos está en estado zombi) y las redes sociales —con sus Instagrams literarios, sus booktubers, sus clubes de lectura y sus reseñas de Goodreads— son la principal forma de compartir críticas y análisis de obras literarias. Tenemos una oportunidad única para descubrir nuevas autoras y autores, criticar sus textos y que nos presten atención de forma directa. Porque esa es otra cosa extraña de los tiempos actuales: cualquiera pueda hacerle llegar sus apreciaciones a les autores que están en redes sociales y estes autores pueden responder de inmediato —de forma infantil o con seriedad— a las críticas de les lectores. Si Neruda o Capote hubiesen tenido Facebook, quizás qué sarta de tonterías habrían respondido a quienes trataban sus obras de machistas, melosas o de mal gusto.

Pero cuando leemos y compartimos lo que leemos, podemos ser mejores que la persona que destroza textos solo para mostrar su ingenio sarcástico. Podemos ayudar y orientar a quienes buscan una nueva lectura y, quizás, darle ideas a les autores para que mejoren su pluma. Y qué es esto sino contribuir a la cultura literatura.


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